domingo, mayo 23

El Japón escondido entre manga, sushi y geishas

Adentrándome en la cultura oriental como me ha dado últimamente, llegué a una película japonesa, ganadora del Oscar a mejor películas extranjera en 2008: Okuribito (おくりびと ; Departures en inglés) es una película del Japón menos conocido, una historia que se aleja del Tokio más cosmopolita y nos presenta una sociedad rural y tradicional de gente de pueblo.

Un violonchelista (Masahiro Motoki) tiene que dejar Tokio cuando la orquesta en la que trabaja se disuelve y decide volver a su pueblo, volver a sus orígenes y allí encontrarse un nuevo trabajo. Cuál es su sorpresa al descubrir que el empleo que le depara no es otro que el de organizador de ceremonias de despedida… de entierros, vaya, de preparar muertos, “adecentarlos” y presentarlos en una ceremonia al más puro estilo tradicional de la cultura japonesa.

Una de las múltiples gracias de esta película (a parte de su música preciosa, de la maravillosa interpretación de Masahiro Motoki, de lo tierna que es la historia y de un largo etcétera), visto por los ojos occidentales, es que consigue que vayamos descubriendo una historia que se aleja de los tópicos que siempre nos encontramos de Japón.

Europa y el mundo occidental en general lleva un tiempo interesándose por la cultura nipona, o quizá por las modernidades que nos llegan del país del sol naciente. Desde la moda de comer sushi, los fanáticos del manga, las geishas de los libros y películas, las concurridas calles llenas de grandes letreros iluminados a todas horas y con luces a cada cual más llamativa, altas e innovadoras tecnologías, lo más moderno del mercado tecnológico tiene nombres como Yamaha, Mitsubishi o Fujitsu.

Otra variante del tópico de Japón es ese dicho de “una cultura que mezcla modernidad con tradición”. En realidad todos sabemos de qué se trata la “modernidad” no solo por vivir en ella sino por las grandes imágenes principales que nos llegan del Japón más cosmopolita, del Tokio de las grandes empresas, de los nuevos robots que se inventan continuamente y que siempre son más variopintos y más japoneses.

Pero, ¿realmente sabemos lo que esconde la palabra “tradición”? ¿Realmente entendemos lo que supone que la cultura japonesa sea tradicional a la par que moderna? Por mucho que hayamos visto a las geishas de las películas o vayamos más o menos regularmente a un par de restaurantes japoneses, en realidad no tenemos ni idea.

Por ese motivo considero que Okuribito ante todo es original. Porque no es una película típica de sumos, artes marciales, geishas y grandes multinacionales de Tokio. Porque nos presenta un pequeño pueblo dejado de la mano de dios donde, como en cualquiera de nuestros pueblos, todos se conocen. Lo tradicional que el espectador ve en esta película pasa por conocer la vida normal y corriente de la gente japonesa de pueblo. Los baños públicos, al más puro estilo de la Antigua Roma, donde la gente se reúne, se encuentra, charla y socializa, pero también cumplen la función propia en sí de “limpiar”, es probablemente uno de los escenarios que personalmente más me impactaron. Por no hablar, claro está, del trabajo del protagonista, de la puesta en escena que montan para hacer una ceremonia de despedida lo más sagrada y bonita posible.

Este Japón rural y tradicional hace su vida en el suelo. No sé realmente si en el Tokio más urbanita abundan las mesas y las sillas, pero en todas las “ceremonias de despedida” y en casi todas las comidas que se ven en esta película las mesas y las sillas están prácticamente desaparecidas. Es gracioso como encuentran la cosa más normal del mundo sentarse sobre mantas y cojines en el suelo y cómo se colocan encima de sus piernas en una postura característica y, para mi gusto, un tanto incómoda.

La vestimenta es otro de los factores clave de la vida tradicional. Probablemente mucha gente asocie el kimono o traje japonés como la vestimenta tradicional que todo nipón de pueblo se pone. Aquí, en España, también tenemos nuestros trajes regionales típicos de cada región o provincia y obviamente la gente de pueblo no se pasea por las calles vestidos así, ¿verdad que no? Pues eso mismo, ¿qué nos hace pensarnos que los japoneses tradicionales sacan el kimono a la calle como si de geishas se trataran?

Si es que en realidad tampoco somos tan diferentes.


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